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miércoles, 24 de agosto de 2011

Maletas sin deshacer


Diego se levantó un par de minutos antes de que sonara el despertador. No había dormido bien. Una noche llena de sueños sin demasiado sentido, de esos en los que juntas a los amigos de siempre con los compañeros de trabajo en escenarios igualmente mezclados. Tras la ducha, abrió la maleta para coger una camiseta y un pantalón con el que ir al entrenamiento. De un tiempo a esta parte nunca deshacía la maleta. A lo mejor iba algo arrugado, pero era un precio que estaba dispuesto a pagar en aras de la agilidad. Llevaba ya un par de años con esa costumbre ¿El motivo? Tal vez mañana fuera el día en el que tendría que coger los bártulos. Tal vez pasado mañana se viera obligado a empacar su vida hacia otro destino.

Ya no era el tipo sonriente de hace un tiempo. Nunca había sido la alegría de la huerta, no nos engañemos, pero las sonrisas se vuelven menos amplias cuando alrededor de tu figura flotan informaciones que te acusan de egoísta, de mercenario, de rubia a la que no se le pasa el balón o directamente de maricón. Él era consciente de que su último año no fue bueno deportivamente. También asumía los errores cometidos, como aquella vez en la que se le ocurrió mandar demasiado lejos a algunos que gastaban poca paciencia y menos memoria hacia él. Otro error que se atribuía era el de no haber hecho frente debidamente a aquel enjuto ejecutor de las órdenes de los de arriba que no paró de señalarle impulsado por esa determinación que obtienen los mediocres cuando se les da alas interesadas. En fin, la vida. Con sus pros y sus contras. Con todos los goles que parieron gritos de alegría y brazos al cielo y con gestos feos y alguna carrera de menos.

Con todo, si tuviéramos que poner en una balanza lo bueno y lo malo, lo positivo gana por goleada. Lo malo, aunque más reciente, necesitaría un profundo análisis de esos que se hacen mordiendo la patilla de unas gafas de pasta: no es fácil andar con un cartel de se vende por la vida; no es normal firmar renovaciones con nocturnidad y alevosía, lejos de actos que todos tuvieron y que podrían haber sido amenizados por el presentador de galas a sueldo, ese Gonzalo Miró que se ha erigido en nuestra Anne Igartiburu; no es lógico que nadie esté a tu lado cuando recoges botas y balones de oro de bastantes quilates. Nada es lógico ni normal, en definitiva. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte.

Recorrió el camino hacia la ciudad deportiva reflexionando sobre si sería la última vez que haría ese trayecto. Vaya usted a saber. Nadie ha salido a desmentir eso de que se va. Algo que se ha convertido en costumbre cuando de él se trata. Si fuera cierto, nos quedaremos con las imágenes que nos dejó grabadas en la retina: tal vez nos queden los disparos certeros desde distancias desaconsejadas,  a lo mejor unos abdominales imposibles aireados en la noche de Liverpool, seguro que un remate en semifallo que nos devolvió algo grande en tierras alemanas. Si no, deberemos asumir que él es como es. Sabemos que nunca besará escudos con esa facilidad con los que otros lo hacen pero también sabemos que no engañará, que no apuñalará las ilusiones de muchos por la espalda. Sea como sea, gracias.



– ¿Si? –dijo Diego descolgando el teléfono mecánicamente.

– ¿Diego? Soy Daniel. Necesito que te vengas para acá. Vete haciendo las maletas.

– Las tengo hechas, Daniel. Las tengo hechas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Uno de los nuestros

(Permítanme ustedes empezar con un breve recuerdo para Don Adrián Escudero, máximo goleador de la historia de nuestro equipo fallecido esta semana. Historia del Atleti. Descanse en paz)
(Permítanme también ejercer mi derecho a la huelga a la hora de comentar o analizar, aunque el título pudiera sugerirlo, otros temas de actualidad. Temas de partes contratantes y contratadas, de asociados con traje de raya diplomática que se pasan la diplomacia por el forro cuando acuerdan con la parte contraria sin que lo sepa su defendido, de donaciones graciosas a las que no conseguimos encontrar la gracia, de mensajeros que aplican cursiva y capital sobre ciertas noticias a pesar de haber suprimido otras. No lo voy a hacer y creo que ustedes no lo merecen. Huele mal. Como cuando se te olvida sacar la basura después de haber comido sopa de marisco)
Demetrio volvió a mirar en el calendario cuándo caía la semana santa. Incluso su mujer había dado su brazo a torcer tras el enfado inicial por querer ocultarle el verdadero motivo. Al principio disimuló argumentando que cuando llegasen las vacaciones, llevarían demasiado tiempo sin ver a la niña.
–Pero Demetrio, ¿no te acuerdas de que la niña va a venir al cumpleaños de la pequeña de Marta una semana antes? –corrigió su mujer–. Hay veces que no sé dónde tienes la cabeza.
Más tarde tuvo que confesar. Ella de entrada se lo tomó mal. No era capaz de entender que fuera a afrontar su miedo a volar y la impotencia que le daba ir a un sitio donde no le entendieran por una cosa así. Lo de ir más al norte de la isla le pillaba más a desmano pero ahora era más sencillo. Cuántas veces le había dicho ella que se cogieran un fin de semana largo para ir a ver a la niña, pero a la postre se quedaban en casa o como mucho se acercaban a la parcela cuando el calor apretaba. Cierto es que la niña venía casi dos veces al mes, que ganaba un buen dinero para poder permitírselo. Ya casi habían pasado cinco años desde que un día llegó diciendo que le había salido un trabajo fuera de España ¡Cómo pasa el tiempo! Entonces habían ido con ella para ayudarla al traslado y para apoyarla. Ahora ella era una más de ellos, vivía con un novio paliducho con chapas de colores en las mejillas que cuando venía a España se achispaba con el aguardiente que Demetrio reservaba para las ocasiones especiales y suspiraba por los callos con garbanzos de su mujer. ¡Claro que aprovecharía el viaje para pasar tiempo con su hija! Pero esas dos horas largas también serían importantes. Ellas podrían ir a comprar a Harrods, pasear por Hyde Park o tomarse esos hierbajos mojados que toman los aborígenes de la isla a las cinco o’clock mientras él estuviera ausente.
Consultó de nuevo el mapa para ver la combinación de transportes que tenía que coger hasta su destino: Stamford Bridge. No quedaba demasiado lejos de casa de la niña, puede que hasta pudiera ir en un paseo largo si el duro clima británico lo permitía. Porque estaba decidido, iba a ir a verle. Porque pensaba que aunque fuera una tontería suya, él notaría de alguna manera que uno más de los suyos estaba allí para animarle. Porque creía que lo necesitaba. Porque los resultados no estaban siendo del todo buenos. Porque las últimas veces que le había visto en la tele le pareció verle algo triste. Aunque a Demetrio y a muchos como él le pareciera que el rojo le quedaba mejor que el azul ¡Qué cosas! Primero el rojo, luego el azul, solo le quedaba el blanco para completar los colores del Atleti en su periplo fuera de casa. Pero él no lo haría nunca, de blanco no, lo conocía muy bien. Para él había otras cosas más importantes. Para él ya había sido un trago el tener que haber emigrado de la que consideraba su casa, prácticamente empujado por circunstancias y golfos. Él era de los buenos. Él sentía lo mismo que nosotros cuando besamos el escudo. Él es uno de los nuestros. Y claro que no podía compararse a su hija, seguro, pero a Demetrio le encantaba fantasear con que si hubiera tenido un hijo sería como él.
Su Niño, vamos.
PD1: Se inicia aquí la sección de pasatiempos de la Agonía. Si alguno de los lectores todavía no ha caído en a quién tiene planeado Demetrio ir a ver por mi torpeza de expresión, les paso un entrañable recuerdo en el que está presente.

PD2: Si su capacidad de observación se ha visto mermada por los años o por las novelas de bolsillo, miren ustedes al más alto de los que está de pie. El que lleva la chaqueta morada, casi en el centro de la foto. El Niño de Demetrio y de todos los atléticos (pueden ustedes pinchar en la foto para ampliarla).